Me llamo Clara y hace poco descubrí un gran secreto de la historia, un secreto muy especial. Os contaré lo que ocurrió.
Todo empezó en el colegio cuando íbamos a ir de excursión a visitar las antiguas cuevas de los neandertales. El autobús nos dejó en la entrada de la cueva, me bajé y en lo primero que me fijé fue en el denso bosque que se extendía ante mí. Verde, llamativo. Me dirigí hacia él sin pensar, pues parecía que me llamaba.
Una vez dentro, desorientada, lo empecé a inspeccionar. Las pequeñas ardillas correteaban a mi alrededor, haciéndome cosquillas. Al fondo, entre los árboles, un ruiseñor se adentró en una cueva e intrigada, me dejé llevar hacia la entrada.
Increíble, el ruiseñor me estaba esperando. Me señalaba con la cabeza un túnel. ¿Sería una señal? Me dirigí hacia el recorrido, sin saber muy bien qué hacer. Al pasar junto al ruiseñor éste volvió a señalarme el pasadizo y, de repente, echó a volar a mi paso, guiándome. Todavía sorprendida, le seguí.
Por fin, el ruiseñor se paró, dejándome ver la entrada de otro túnel. Entonces, empezó a dar saltitos y se detuvo por la mitad del corredizo, alzó el vuelo, me miró y empezó a picar un punto exacto en la ondulada pared rocosa. Captando la indirecta, apreté la piedra. Parte de la pared se derrumbó, aunque curiosamente no me hice ni un rasguño. Al derrumbarse dejó ante mí una especie de puerta. La traspasé y en cuanto estuve dentro algo se cerró detrás de mí y se empezaron a oír ligeros susurros que me invadieron.
“Clara… ven…”
“No… resistirás…”
Al descifrar las palabras de esa voz tenebrosa sentí una piel de gallina que hasta entonces nunca había tenido. Del susto, el ruiseñor se había posado en mi hombro derecho clavándome sus pequeñas garras pero sin llegar a hacerme daño. Al cabo de unos segundos logré reaccionar, enfrentándome a algo desconocido. Di unos cuantos pasos más y me encontré descendiendo a toda velocidad por un agujero que no había visto.
Cuando toqué fondo me sentí extrañamente bien. Miré hacia arriba y vi al ruiseñor descender y posarse de nuevo en mi hombro. Ya recuperada me levanté y empecé a andar, dispuesta a seguir investigando el terreno por el que ahora me movía. El suelo era arenoso, con unas huellas marcadas. No sé de qué o de quién serían las huellas, pero imaginaba que serían de algún explorador que, antiguamente, se hubiese perdido por allí. De una abertura de la pared del fondo salía una bruma blancuzca que no dejaba ver el interior, sin embargo, la voz salía de allí. Me dirigí hacia la abertura, dispuesta a enfrentarme a lo que fuese aquello.
Cuando estuve a un paso me detuve, miré al ruiseñor y, al ver que éste asentía, crucé la abertura.
Dentro me esperaban un gigantesco perro de tres cabezas que aguardaba a las puertas del infierno y un hombre vuelto de espaldas hacia una gran barca. Debían de ser el Can Cerbero y el barquero de Hades, Caronte, que es el encargado de guiar a las sombras errantes por el río Aqueronte hasta su destino. Aturdida, me acerqué a Caronte, el cual me estaba observando hace unos segundos con sus cuencas vacías. Cuando le pregunté dónde estaba se giró hacia mí, dándome a ver su huesuda cara con unos simples girones de piel. Horrorizada, retrocedí.
Tras unos segundos que me tomé para recuperarme, observé que el ruiseñor volaba ágilmente hacia Caronte, mientras éste le decía con voz cavernosa:
- Lo conseguiste Verca, bien hecho.
Todavía no me lo creía, había sido engañada por un ruiseñor. Caronte fijó su vista en mi vestimenta del siglo XXI, volvió a mirar al pájaro, asintió y dijo:
- Es ella.
Se acercó y me dijo:
- Bienvenida, eres la Elegida.
- ¿La Elegida? ¿de qué está hablando? – todo esto era una auténtica incógnita para mí, no entendía nada.
- Si, eres la Elegida para viajar al Averno.
- ¿Qué? ¿dónde estoy?
- Bienvenida al Infierno…
- ¡Oh, venga ya! ¿dónde están las cámaras? – dije mientras daba una vuelta a mi alrededor, incapaz de creerme lo que oía.
- Te presento a Verca – me dijo mientras me ignoraba y me señalaba al ruiseñor con la cabeza, si se le puede llamar cabeza.
- ¿Verca?
- Si, le puse ese nombre porque tiene la cabeza verde y, juntando las dos palabras salió el nombre ideal.
- ¿Ves aquél monstruito de allí? – me señaló hacia Cerbero, que me dedicó una dentellada con cada una de sus tres cabezas.
- Tranquila… sólo necesita… acostumbrarse a un vivo. – dijo, al ver mi expresión, cuidando cada una de sus palabras.
- Entonces, usted está… ¿muerto?
- No, yo soy el anterior Elegido, pero estuve mucho tiempo aquí y no encontré la salida a tiempo.
- Pero… ¿por qué yo?
- Eres la Elegida del siglo XXI. Cada siglo aparece un nuevo Elegido que, accidentalmente, cruza las cuevas y los túneles necesarios para llegar hasta aquí.
- Y, si usted es el anterior Elegido, ¿por qué ejerce como Caronte? – reflexioné en voz alta.
- Ya te lo he dicho, no me percaté de que estuve demasiado tiempo aquí, en el Inframundo. Cerbero se encariñó conmigo y terminé aceptando el puesto de Caronte, aunque éste es mi último día como tal. Verás cada vez que un nuevo Elegido se adentra en el Averno, se elige un nuevo Caronte – me explicó cuando se percató de que no entendía nada.
- Entonces… ¿no se llama Caronte?
- No, pero olvidé mi nombre al cabo de un tiempo, después de aceptar el cargo.
- Y… ¿quién será el próximo Caronte?
- Eso no lo sé ni yo ni nadie, es otro Elegido del destino.
- Como… ¿como yo?
- Sí.
- Anda, ven a dar un paseo en mi barca, y vas conociendo todo esto.
- M…vale.
La barca era grande y totalmente negra, pero de una madera reluciente y resistente. Cuando monté en ella, sentí una sensación muy extraña. Era como si… como si escuchase otras voces en mi cabeza.
Con el suave balanceo de la barca me estaba relajando, quizás demasiado. Se me entrecerraban los párpados, incapaces de resistir la tentación de dormir tras todas las aventuras, todas las emociones… Cerré los ojos y me quedé profundamente dormida.
Cuando desperté me hallaba en el punto de partida, frente al Can Cerbero, y ya no estaba el antiguo Caronte, en vez de eso, había un muchacho joven, al fondo de la barca. Me incorporé y me acerqué a él para preguntarle.
- Hola – le dije.
- Hola, ¿ya te has despertado? – inquirió, volviéndose hacia mí, de tal forma que pude ver al pequeño Verca sobre su hombro izquierdo, un giro completo, pensé.
- ¿Qué? ¡Oh! Si ya… ya estoy despierta – dije, todavía amodorrada.
- ¿Seguro? Bueno, yo también soy nuevo aquí y no quiero que te quedes encerrada aquí como el antiguo Caronte, así que ¡en marcha!
- ¿Quién eres?
- Soy el nuevo Caronte, pero me puedes llamar Louis.
- Vale y ¿dónde me llevas?
- De vuelta a casa.
- Pero… ¿cómo?
- Como soy el nuevo Caronte me han confiado la salida al exterior y te voy a sacar de aquí, aunque puede que el camino no sea fácil – me dijo, con una sonrisa, infundiéndome ánimos.
- De acuerdo. Pero… sabrás lo que haces ¿no?
- Por supuesto.
Nada más decir esto, la barca se puso en movimiento y nos empezamos a tambalear al ritmo de las ligeras olas que provocaban los remos. Algo mareada, me asomé al agua y lo que vi me dejó algo… sorprendida. El agua era de un gris oscuro y desde el fondo se transparentaban los condenados que murieron en agua, a los que se les castigaba con un tormento acuático, incapaz de describir. Pasado el mal trago me incorporé en la barca, y observé el paisaje, en el que se apreciaban distintos tonos de negro, cada vez más oscuros. Curiosa, le pregunté a Louis sobre ello, a lo que éste respondió:
- Mientras más oscuro esté, más cerca estaremos de los aposentos de Hades.
- ¿De Hades? ¿Y qué pinto yo allí?
- Te tiene que dar su permiso para que puedas salir de aquí. – Mirando mi cara de incredulidad añadió –. Te dije que no sería fácil.
- Ya… pero no que salir de aquí implicaría pasar por los aposentos de Hades, ¡el rey del infierno! ¿te das cuenta de lo que estás diciendo? – le acusé.
- Claro que no te lo dije, si te lo hubiese dicho no hubieras accedido a venir – se excusó – además Hades no es tan malo como lo pintan.
- ¿Y entonces por qué está aquí?
- Porque alguien tendría que ocupar el puesto y le tocó a él.
Como no sabía que contestarle me callé, a la espera de que acabase la travesía.
Al poco rato desembocamos en una cavidad algo más grande. El río Aqueronte desapareció y se convirtió en un río de lava que, aunque se veía que era fuego puro, no quemaba la barca. Al fondo de la cavidad había un trono de fuego, y sobre él se hallaba un hombre ataviado con unas extrañas armaduras rojas y un tridente negro, Hades. A su alrededor, se hallaba también un monstruo de dos cabezas, la Hidra de Lerna y un gigantesco león cuyo pellejo era invulnerable a cualquier arma, el León de Nemea.
Hades me señaló con el tridente y me dijo:
- ¿Quién osa adentrarse en mis dominios?
Haciendo acopio de todo el valor que poseía le contesté:
- La Elegida.
- ¿Y qué quieres?
- Salir de aquí.
- ¡No se puede salir de aquí! – rugió.
- ¡Si que se puede! ¡puede que vaya a ser peligroso! ¡pero lo conseguiré! – dije, olvidándome por un instante de que estaba hablando con el rey de la parte oscura del Tártaro.
Al instante, observé salir una bola de fuego de sus grandes dedos, ardiente y veloz. Cuando estaba a punto de rozarme, alguien intervino en su trayectoria. Mi salvador llevaba una coraza invulnerable contra magia y espada, un casco alado y unas ligeras zapatillas en una mano, era Hermes, el legendario mensajero de Zeus.
- Por arriba hay una salida, con estas zapatillas aladas podrás llegar hasta ella, pero tendrás que enfrentarte a Medusa, por lo que toma también esta navaja de oro – dijo Hermes, tendiéndome unas zapatillas plateadas y una ligera navaja dorada - llegarás bien, lo sé.
Me di la vuelta para encontrarme con Louis, quien todavía mantenía a Verca en su hombro, los dos me miraban atentamente y sólo cuando asintieron accedí a calzarme las zapatillas que Hermes me tendía.
Al hacerlo, sentí una energía de la que ya no me quedaba, me sentía nueva, con ganas de todo, de comerme el mundo, de salir de allí. Sin darme cuenta, salí disparada a tres metros de altura, sobre la asombrada mirada de Louis. Desde lo alto, sin poder creerme lo que sucedía, observé que Verca alzaba el vuelo desde el hombro de Louis para seguirme por las alturas.
- Si quieres llegar hasta arriba, tienes que desear salir de aquí con mucha fuerza, las zapatillas vuelan por el impulso del deseo – dijo Hermes, alzando la vista.
- ¡De acuerdo! – le dije.
- ¡Mucha suerte! – dijo Louis con una sonrisa en los labios.
- Volveré Louis, ¡volveré! – le aseguré.
- No vuelvas, aquí te aguardan muchos peligros – casi me suplicó.
Viendo que no le respondía, alzó la mano, agitándola hacia los lados, se estaba despidiendo. Deseé con toda la fuerza que fui capaz de extraer de mi interior salir de allí, del volcán.
Salí disparada a toda velocidad con los ojos cerrados, disfrutando de la sensación. Hermes me había dicho que tendría que enfrentarme a Medusa, una de las tres Gorgonas, y creo recordar que su persistente y afilada mirada te puede quedar de piedra, de forma literal.
Al cabo de un corto plazo de tiempo vi una cavidad en la rojiza roca del volcán, mi única salida. Deseé ir hacia la abertura y las plateadas zapatillas aladas hicieron todo el trabajo. Al entrar, hice un amago de andar a un palmo del suelo, sin caer en la cuenta de que llevaba unas zapatillas voladoras. No me las quité, simplemente deseé tocar fondo y bajé. Caminando por el oscuro pasadizo me di cuenta de que estaba muy cerca de conseguir la victoria, por lo que debía tener mucho cuidado de no tropezarme para evitar un encuentro adelantado con el monstruo mitológico, su apariencia sería normal si no presentase en la azotea un decenas y decenas de serpientes vivas.
Pasado un largo trecho por aquel oscuro pasadizo, apareció una cavidad más grande, alumbrada por luz solar. Podía escuchar roncar a Medusa, pero no verla. Escruté todas las paredes con la mirada, una vez que me hube acostumbrado a la reluciente luz que entraba por un pequeño agujero del techo. A la tercera vez, cuando ya creía que no localizaría nada nuevo, encontré una piedra que sobresalía, contrastando con el perfecto modelo de la pared, lisa, sin ligeras rocas ni grumos por medio. Llegué hasta ella, pero no fui yo quien la presionó, fue Verca, que con sus pequeñas garras se aferró a la piedra, impulsándose con las alas. Una parte de la pared se desplazó hacia un lado, dejando ver una dormida Medusa en su interior. Me acerqué volando, sin cometer el más leve error. Aun así, se removió un poco, como si percibiese mi presencia, pero no llegó a despertarse. Agarré la dorada navaja, y tuve tan mala suerte que se me resbaló de la sudorosa mano y cayó, alborotando la estancia.
Medusa abrió sus grandes ojos sin mirarme y se puso en pie de un salto, con las agitadas serpientes verdes sobre su cabeza. Las serpientes me miraban fijamente, siseando en mi dirección. Mientras los siseos retumbaban por la cueva, observé un ligero cambio en el cuello de la Gorgona, se estaba girando.
Completado el giro, cerró los ojos, cogiendo fuerzas, y dirigió su especial vista hacia mí. No me había dado tiempo a reaccionar, me había quedado atrapada en esos ojos que me iban paralizando lentamente. Desvié la mirada rápidamente, recogí el cuchillo del suelo y me dispuse a luchar, colocando las piernas de forma que pudiese esquivar fácilmente cualquier ataque y agarrando el cuchillo con las dos manos, mirando fijamente a sus serpientes, ya que éstas no me podían paralizar con la mirada, como hacía su dueña.
La criatura echó a correr hacia mí, emitiendo un extraño grito de guerra. Me aparté milimétricamente y por los pelos de su trayectoria y, aprovechando el momento en que pasó velozmente por mi lado, alcé el cuchillo y le rapé media docena de serpientes, manchando el cuchillo de una sustancia verde y viscosa, pero no sirvió de nada, por cada una que había cortado salieron otras dos más pequeñas. Asombrada, retrocedí un paso, topándome con la rocosa pared.
De repente, la Gorgona cogió una estalactita que hasta entonces no había visto, la abrazó con sus dos manos, me sonrió maliciosamente, siseó y volvió a la carga. Para entonces, yo ya estaba preparada y le clavé el hermoso cuchillo en el hombro que portaba el cono de piedra. Medusa, aullando de dolor, se enfureció aún más, demostrándomelo con una mirada asesina.
Algo se movió por detrás, en la otra sala. Me preparé, esperando algo peor que esto. Sin embargo, lo que sentí era seguridad, no temor.
- ¿Necesitas ayuda? – dijo el mensajero de los dioses, en tono salvador.
- Creo que sí – dije al ver que la Gorgona se enfurecía por momentos.
En ese momento, se lanzó a la carrera. Hermes me lanzó su escudo y frené la embestida con él. Frustrada, Medusa retrocedió, planeando su próximo ataque.
- Aprovecha ahora – susurró Hermes.
Ahora fui yo la que contraatacó. Corriendo velozmente, cuchillo en mano y escudo en brazo. A la Gorgona no le dio tiempo a reaccionar y le clavé la navaja donde pude.
Entonces dijo Hermes:
- ¡Escapa! ¡rápido! ¡no podrás con ella! Está recuperando fuerzas.
Haciendo caso de la advertencia, volé con mis nuevas zapatillas aladas. Verca, en el que hasta ese momento no me había fijado, alzó el vuelo a mi vez.
- ¡Cuidado con las flechas! – avisó Hermes.
- ¿Flechas? ¿qué…? –antes de acabar la frase, algo pasó rozando por mi lado. Entonces lo entendí todo de golpe.
Las flechas eran una última prueba que traspasar. Observé unos agujerillos en la pared de los que surgían nuevos pivotes y me dispuse a esquivarlos. Alzando de nuevo el vuelo y fijándome en los pequeños y oscuros agujeros fui serpenteando las nuevas amenazas que de allí surgían hasta llegar a la cima.
Una vez arriba me quedé esperando no sé a qué. Quizás a ver a Hermes de nuevo o quizás un nuevo peligro. No lo sé. Sólo sé que lo importante es que he conseguido llegar a mi mundo. Mi verdadero mundo. No sé cuánto tiempo habré pasado en aquella dimensión, pues allí no corre el tiempo. Ahora que lo veo, lo que me parecía un alto volcán era apenas un agujero en la tierra, de hecho, podía ver a un disminuido y borroso Hermes allí abajo.
Me fui corriendo en la dirección donde se había aparcado el autobús. Una vez que lo distinguí entre las juntas copas de los verdes árboles eché a correr velozmente y, al distinguir las cuevas al fondo fui moderando el ritmo hasta alcanzar mi paso normal. Por supuesto, Verca me acompañaba. No sé si volveré al Averno, lo que es seguro es que el recuerdo lo guardaré el resto de mi vida. Por no hablar de las zapatillas aladas, que conservaré siempre.
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