Hola, soy Arturo, un chico de pelo negro y ojos marrones claros, más o menos del color de la arena, o eso dice la gente, tengo trece años y os voy a contar cómo es mi vida día a día, o mejor dicho, noche tras noche.
Mi habitación es algo pequeña, pues en ella sólo hay espacio para mi cama y un armario empotrado en la pared. Las paredes de mi cuarto son de un amarillo claro y tengo colgados en ella algunos posters de películas y de música. Mi cama está cubierta por una manta marrón de un aspecto algo antiguo y deshilachado, pero muy calentita.
Suelo tomar un buen desayuno, en mi caso dos tostadas y un vaso de leche, vestirme y salir de mi edificio. Una vez fuera, lo primero que hago es acoger en mi interior todo el aire que mis pulmones son capaces de obtener y, un instante después liberarlo. Esto y el paisaje anochecido que se extiende a mi alrededor consiguen tranquilizarme, pues últimamente tengo pesadillas tan terroríficas que me despierto sudando y alterado.
Cuando llego al instituto, sigo sin conseguir quitarme de la cabeza aquellas nítidas imágenes que me aterrorizan. Apenas puedo prestar atención a la clase, pues mi cabeza tiene otras cosas en las que pensar, como por ejemplo, porqué es la misma pesadilla noche tras noche y porqué mi mente no guarda en la caja fuerte esos nítidos recuerdos. Preguntas a las que no encontraría respuesta, o eso creía. Hacía tiempo que me debatía entre si contárselo a alguien o no y al final me decidí.
Le conté a Silvia, mi mejor amiga, ese extraño sueño que me perseguía, y ella, sin dudarlo, me dijo que fuésemos a ver a una adivina. Yo no creía en los adivinos, la verdad, pero estaba desesperado y haría cualquier cosa con tal de dormir bien por una noche en mucho tiempo
Esa misma tarde me dirigí con ella a un extraño local que tenía un cartel en el que se citaba en letras algo extrañas:
“NUNCA SE SABE CON
LO QUE TE PUEDES CRUZAR EN
TU DESTINO”
Ese cartel me sacó de quicio, estuve a punto de decirle a Silvia que tenía cosas que hacer y que me tenía que ir ya, pero, por alguna razón que desconocía, no lo hice. Me quedé allí, pinchado, fascinado por la mala espina y la intriga que me ofrecía aquél extraño cartel. No sé, pero era algo extraño, una parte de mí quería entrar a toda costa, pero otra me decía que no debía. Me dejé llevar por la intriga y crucé la puerta. Aunque sabía que Silvia me seguía, ya no la notaba, estaba inmerso en mis cavilaciones.
Subimos las grandes y oscuras escaleras que nos separaban del segundo piso y nos encontramos ante una puerta totalmente negra. Entré sin pensar y lo que vi me dejó algo asombrado. Las paredes eran tan negras como la puerta, había una única mesa redonda con una bola de cristal y unas cartas de tarot y una enorme lámpara de araña colgaba del techo. Apenas llevábamos unos pocos segundos cuando apareció una mujer en la estancia. Parecía haber salido de una película de terror, sin embargo, a pesar de la tez paliducha de Silvia, mi rostro tan sólo mostró emoción. La mujer era verdaderamente terrorífica. Donde debería estar el ojo izquierdo llevaba un parche más negro incluso que las paredes y la puerta y mostraba una enorme verruga en la barbilla. Llevaba una especie de túnica negra con las mangas bastante anchas que contrastaba mucho con su pálida piel, un pañuelo también negro anudado en la cabeza y le faltaba una pierna, por lo que también llevaba un bastón en su huesuda mano, por no mencionar que estaba calva.
Cuando llegó hasta donde estábamos, se sentó en la única silla de la habitación y empezó el espectáculo.
- Qué queréis – Dijo la mujer con una voz más grave de lo que me esperaba.
- Eh, venimos para que nos haga una predicción – Dijo mi compañera, seguía asustada y su pelo rubio le caía sobre el rostro, no se atrevía a apartárselo, o eso deduje por su expresión.
- El dinero por adelantado – Me estremecía cada vez que hablaba, y observé que mi acompañante también.
- Eh, si, aquí tiene – Dije, extendiéndole un billete de veinte euros con poca seguridad.
- Esta consulta cuesta treinta euros, no veinte – Vaya, es realmente antipática, habrá que tener cuidado con lo que decimos y hacemos. Tragué saliva y miré a Silvia, que ya estaba sacando del bolsillo un billete de diez. Le mandé una sonrisa de agradecimiento y me contestó con otra.
- Está bien, qué queréis saber – Aunque esto último lo dijo en un tono más amable, no encajaba ni con la estancia ni con el ataque de tos que vino a continuación.
- Verá, mi amigo tiene unos sueños muy raros últimamente – Dijo Silvia con fluidez, ya recuperada de la impresión y con los ojos marrones centelleantes.
- ¿Me lo podría contar su amigo, por favor? – Dijo, con voz atronadora.
- Eh, si claro – Se limitó a decir, por su expresión deduje que la había intimidado bastante.
- ¿Te llamas Arturo no? – dijo dirigiéndose a mí.
- ¿Cómo lo sabe? – dije algo anonadado.
- Yo lo sé todo, ya deberías saberlo – me contestó, con una voz aún más atronadora que la anterior.
- Eh… por supuesto… no lo pongo en duda – contesté.
- Bien, sigamos. – Dijo, en esta ocasión con un tono complacido. -: ¿Tienes trece años verdad?
- Sí.
- Y, ¿cuál es ese sueño tan extraño que te ha traído hasta aquí?
- Pues verá. Estoy en la calle, la noche es fría y oscura. Un gato negro me roza sigilosamente el pantalón, tengo un ligero escalofrío y miro hacia donde me ha rozado aquél inocente animal. Tengo la pierna derecha ensangrentada y eso me asusta. – en el fondo sabía que era un sueño, pero me estremecí tanto como en la pesadilla – Echo a correr sin pensar hacia una iglesia que debería de estar cerrada, sin embargo, no es así. En el interior hay una gran luz que me invita a entrar, entro y lo que veo me deja petrificado. Hay un ataúd abierto en mi dirección. Está vacío. La puerta de la iglesia se cierra de golpe, dejándome a oscuras en el interior. Se oye un ligero ronroneo, por lo que intuyo que el gato también ha entrado. Sin embargo, no se oyen sólo los ronroneos, también se oyen pasos, ligeros y rápidos. No estoy solo. Miro a mi alrededor, en busca de algún indicio que me confirmase que todo aquello era un aterrador producto de mi imaginación, pero sólo me topo con la oscuridad. No me muevo, estaba sudando de pavor hacia lo desconocido. De repente, algo me agarra del hombro e instintivamente miro hacia atrás. Ése es mi error. Mi único error. No debí mirar. A mis espaldas se encuentra mi asesino, un hombre pálido, de pelo negro, con un único ojo marrón, pues le falta el otro, tiene un rostro rubicundo, va vestido de negro y rojo y una cruel sonrisa asoma a sus labios blanquecinos. Me quedo paralizado, sin atreverme a respirar. Entonces el hombre saca un cuchillo de su cinturón… y… me despierto.
- ¿Has dicho un gato negro?
- Si, de un negro azabache.
- Esto no me gusta – dijo la mujer pensativa.
- ¿Qué significa el gato negro? – casi gemí.
- Mala suerte. En tu caso es tan mala suerte que te provocarás la muerte – contestó.
- ¿Está segura?
- Totalmente.
- ¿Voy… voy a morir? – tartamudeé.
- Lo siento chico, quizá no deberías haber venido – lo dijo con sinceridad, pero ocultándome algo.
- Un momento, ¿ha dicho que me provocaré la muerte? – había dado en el clavo.
- Sí, no como aparece en el sueño, obviamente, pero de alguna manera morirás, eso te lo puedo asegurar sin ningún riesgo de equivocación.
- ¿Cómo me voy a matar yo mismo? – no daba crédito ni a lo que veía ni a lo que oía.
- Eso no lo sé, ya te llegará el momento de averiguarlo.
- Oiga, pero tiene que ayudarle – dijo Silvia, que estaba algo alterada.
- Niña, ni se te ocurra decirme lo que tengo que hacer – dijo con voz desafiante.
- Eh, vale – pobrecilla, ni siquiera le salía la voz del cuerpo.
- Así me gusta – se empezó a reír con unas carcajadas tan siniestras y potentes que se me erizó el pelo de la nuca.
El resto de la consulta se pasó bastante lento, ahora que sabía lo que me iba a pasar el tiempo pasaba terroríficamente lento.
Salimos de allí y tras despedirme de Silvia llegué a casa y me fui derechito a mi habitación para hacer los deberes. Tenía mucho que hacer y aquella consulta me había dejado exhausto, anhelaba tirarme en la cama y dormir unas horitas, pero el día parecía no tener suficientes horas.
Cené en silencio, metido hasta el fondo en mis pensamientos, sin atender a nada más, me podían haber dado un golpe con una pala en la cabeza y no me hubiese enterado.
Esa noche caí rendido en la cama. Tuve la misma pesadilla pero ya pronto se acabaría aquello, pronto. Me estaba desquiciando pero daba igual.
A la mañana siguiente me levanté como el día anterior, sudoroso y alterado. No quería pensar en lo que me habían dicho. Mi mente no hacía más que darle vueltas a las siguientes frases:
…“Mala suerte. En tu caso es tan mala suerte que te provocarás la muerte”…
…“Vas a morir”…
…“Vas a morir”…
…“¿Qué significa el gato negro?”…
…“Mala suerte. En tu caso es tan mala suerte que te provocarás la muerte”…
Por suerte empezaron las clases y me pude distraer un poco, aunque no lo suficiente. Me preguntaron varias veces y no pude responder, no estaba preparado para responder, todavía no. Mi cabeza seguía ocupada mientras yo intentaba, sin éxito, prestar atención a la clase. Por mi mente pasaba mi sueño una y otra vez, y entonces me di cuenta de algo que hasta entonces había pasado desapercibido. Mi asesino tenía la misma marca de nacimiento que yo en la mano derecha, ése asesino era yo, un poco más mayor, pero era yo. ¿Cómo se me pudo pasar algo tan importante? Se lo tenía que decir a Silvia, la adivina tenía razón, iba a matarme yo mismo.
A la salida la vi hablando con un muchacho al que yo no conocía. Me dirigí hacia donde estaban, la cogí del brazo y le dije un “tenemos que hablar”, alejándola de allí. Me la llevé a un rincón apartado tanto del muchacho como de los espectadores que teníamos ya a nuestro alrededor y ya a salvo de miradas indiscretas le dije:
- Silvia, la adivina tenía razón.
- ¿De qué hablas?
- Silvia, ¡me voy a matar yo mismo!
- ¿Pero qué tonterías estás diciendo? – parecía incrédula.
- Ayer fuimos a ver a una adivina, ¿te acuerdas? – lo dije muy despacito, demasiado despacio quizás, pero se me estaba agotando la poca paciencia que tenía.
- Ya lo sé tonto, te estaba tomando el pelo – dijo con un tono bromista que no me encajaba con la situación.
- Pues deja de tomarme el pelo y escucha – casi le ordené.
- Está bien… ¿de qué quieres hablar? – dijo con resignación.
- En clase le he estado dando vueltas al sueño y mi asesino tiene mi marca de nacimiento, en el mismo lugar que yo, Silvia mi asesino… soy yo – dije por fin.
- Vale, ahora en serio – escrutó mi rostro y poco después mis ojos, buscando algún rastro de sorna en alguno de los dos - ¿De veras?
- Sí Silvia si, te lo digo enserio.
- Y… ¿tienes alguna idea de cuándo será? – ahora parecía preocupada.
- No, ninguna – tras decir esto me pasé la mano por el rostro, cansado de pensar.
- ¿Cómo será?
- No lo sé, Silvia, no lo sé – estaba desesperado y se notaba en mi voz, en mi rostro, en mis gestos… no podía reprimir nada y para colmo mi destino estaba escrito.
- ¿Vamos esta tarde a ver a la señora Monsou otra vez?
- ¿A quién?
- A la adivina…
- ¡Ah no! ¡Yo allí no vuelvo!- dije, tenía miedo de que me llenase la cabeza con más supersticiones y demás. Ya tenía la cabeza demasiado ocupada con la sesión de ayer.
- ¿Por qué? – preguntó, no lograba ocultar su mofa por más que lo intentase.
- ¿Qué quieres? ¿Qué nos saquen otros treinta o cuarenta euros? Porque yo estoy limpio – era verdad, me gasté todo lo que tenía en aquella dichosa sesión.
- ¿Cómo? ¿Sólo tenías veinte euros? – preguntó incrédula.
- No todos somos ricos, ¿sabes? – le contesté con algo de sarcasmo.
- Vaya hombre, muchas gracias, no sabía que fuese rica – me contestó como respuesta.
- Bueno, vamos a dejarlo.
- Entonces, si pago yo… ¿vamos? – Dios mío y ahora qué le digo, si le digo que sí me comprometo a ir y si le digo que no se enfadará.
- Eh… sí – dije sin pensar nada más.
- Hecho entonces, quedamos a las siete en la puerta del instituto.
- Vale, aquí nos veremos.
Se alejó sin decir nada más y yo me quedé solo de nuevo, expuesto al sueño que tanto me aterraba.
Ya en casa, me eché una buena siesta. Necesitaba dormir. Cuando me desperté ya eran las siete y cinco. ¡Las siete y cinco! ¡Tendría que estar ya en la puerta del instituto y ni siquiera me había cambiado de ropa! Que estaría pensando Silvia… Me vestí lo más rápido posible y salí de casa como una bala. Llegué a las siete y diez. Silvia no estaba allí. La llamé desde el móvil por miedo a que se hubiese enfadado creyendo que la había dejado plantada. “El teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura” ¡Perfecto! Ya me iba a casa cuando apareció Silvia por una esquina con una sonrisa de disculpa, algo avergonzada.
- ¡Ya creía que no llegabas! – bromeó.
- ¿Estás loca? Llevo aquí desde las siete y diez – casi presumí.
- ¿Sí? Pues entonces llegas tarde, yo llevo aquí desde las siete, pero como vi que no llegabas fui a comprarme algo a aquella tienda, no ésa no, la que hay un poco más allá – me indicó mientras seguía la dirección de mi mirada.
- Estoy listo, ¿vamos? – casi se me notó el tono de cobardía en mi voz, pero lo controlé.
- ¡Vamos!
Una vez allí me embargó la misma sensación que la vez anterior, tanto en las oscuras escaleras como en la extraña sala. Cuando vi a la extraña mujer que respondía al nombre de señora Monsou, un frío escalofrío pasó rápidamente por mi espalda y no era a causa del frío, os lo puedo asegurar, estábamos a treinta grados centígrados, no hacía frío.
La adivina se sentó en la silla nada más vernos, con una cara de “otra vez aquí no, vosotros no…” pero hoy fue algo más amable. Creo que tenía ganas de librarse de nosotros, pero no dije nada a cerca de mis intuiciones.
- Bueno, ¿se puede saber qué queréis ahora? ¿ya os solucioné la consulta no?
- Sí, pero ahora quiero saber cuándo y cómo será y si hay forma de evitarlo – contesté.
- Respecto al cuándo puedo decirte que será pronto y con respecto al cómo no lo sé, el destino es impredecible, nunca sabes con certeza lo que te tocará en esta vida. Y… si, hay una posibilidad de evitarlo - dijo con un toque de misterio.
- ¿Cuál es? – pregunté bastante ansioso.
- Interviniendo – contestó con prolongada satisfacción.
- Pero… ¿cómo?
- Interviniendo – repitió.
Entonces me di cuenta de que no me iba a dar ninguna pista más, por lo que dejé de preguntarle. Había que agotar el tiempo que quedaba de consulta, por lo que le empecé a preguntar sobre cosas irrelevantes. Por fin se acabaron los interminables minutos restantes.
Cuando salimos de la consulta eran las ocho menos cuarto, tampoco había durado tanto, pensé. De repente, Silvia empezó a pensar en voz alta:
- Vamos a ver, ha dicho algo de una intervención pero, ¿cómo podemos saber cómo intervenir en el destino?... – seguía hablando, pero yo ya había dejado de escucharla, estaba pensando cómo salir del paso ileso, o al menos, con vida.
- ¡Ya lo tengo! – exclamé de repente.
- ¿Qué es lo que tienes?
- La respuesta… Vamos a ver, piensa, ha dicho que no sabe cómo ocurrirá, o sea, que lo mismo puede ser un coche como una moto y, si cuando me vaya a rozar el vehículo me aparto de su trayectoria… ¡no me atropellará!
- En eso tienes razón, pero no sabes cómo reaccionarás llegado el momento, ni si reaccionarás – aclaró con pesar.
- ¡Oh! ¡venga vamos! sólo me lo tengo que proponer – repliqué.
- Si tú lo dices… - quedó en suspenso la frase, sin embargo, yo sabía a qué se refería - pero sigo pensando que no se puede tentar al destino.
- ¡Ahí tienes razón no se le puede tentar! ¡Pero si se puede cambiar! Basta un pequeño movimiento o decisión que no tenías pensado hacer y el destino cambia por completo.
- ¿Pero y si el destino ya sabía que ibas a cambiar de idea y estaba preparado para la ocasión? – dijo con malicia.
- ¡Deja de liarme! – dije y al instante nos empezamos los dos a reír, sin saber muy bien porqué.
Mientras tanto, yo ya había llegado a casa, pero no tenía ganas de entrar y me quedé un rato más con Silvia en la puerta. Mientras hablábamos, el cielo se iba oscureciendo, no sabríamos decir qué hora era con exactitud, pero yo diría que eran cerca de las nueve. De pronto, Silvia miró el reloj y se le descompuso el rostro:
- Arturo me tengo que ir ya.
- ¿Ya? Pero si son las… ¿qué hora es? – con las prisas se me olvidó ponerme el reloj.
- Las nueve y veinte. Ya ha oscurecido más de la cuenta, mañana nos vemos – después de decir esto, echó a correr y pronto la perdí de vista.
- … Adiós – casi susurré.
La idea de entrar en casa seguía sin atraerme así que decidí dar un paseo a la luz de la luna. Sin darme cuenta me adentré en un barrio totalmente desconocido para mí. Casi todos los bares estaban cerrados y con al menos una de las ventanas rotas. Bueno, estaba visto que no era un barrio alegre. Quise volver a casa, pero no me respondían las piernas, estaba aterrado. Este barrio era exactamente como el de mi pesadilla. “No puede ser, no es posible, sólo era un sueño” pensé para intentar tranquilizarme, sin embargo, no lo conseguía.
Seguía en el proceso de intentar tranquilizarme cuando sentí que algo me rozaba la pierna derecha, no podía ser, era imposible. Un gato negro me acababa de rozar la pierna sigilosamente y me extrañó que no me sangrase, a pesar del descubrimiento eché a correr mientras observaba cómo aquél sigiloso minino me seguía. “Esto no me puede estar pasando a mí” pensé nada más avistar la iglesia al fondo del callejón. Entonces se me ocurrió que, como lo del gato no había pasado tal y como en el sueño la parte de la iglesia también podría cambiar. Estaba abierta de par en par. Entré. “Si el sueño no estaba escrito quizá podría cambiar el destino”. Me estaba infundiendo ánimos con esa frase cuando vi el ataúd abierto en mi dirección. Ahora podía notar el sudor frío recorriendo lentamente mi rostro, adentrándose en los ojos, goteando en el suelo… “Oh oh” el gato ya había entrado. Podía oírle ronronear a mis espaldas. ¡Los pasos! ¡Ahora también podía oír los pasos! Intenté ignorar todo cuanto me rodeaba. Era imposible, me había subido la adrenalina y no era capaz de dejar los ojos quietos. Sentí que algo me agarraba del hombro y miré hacia atrás, sabía que no debía haberlo hecho, pero lo hice. Tropecé dos veces en la misma piedra. “¡Pero se puede saber que estoy pensando! ¡Me tengo que concentrar en cómo salir de aquí antes de acabar hecho rodajas!”
Al girarme vi al mismo hombre que en la pesadilla. “Vale, esto ya es un poco raro”. Es lo único que pensé al reconocer el rostro. El hombre, con una sonrisa diabólica, empezó a sacar un cuchillo y entonces me di cuenta de que ahora no me iba a despertar como en la pesadilla. Avanzó lentamente hacia mí, cuchillo en mano. Quería correr, alejarme de allí cuanto antes, pero las piernas no me respondían. Estaba aterrorizado.
Cuando estaba a punto de clavarme el cuchillo, se abrió la puerta y entraron dos hombres gritando:
- ¡Está loco! ¡Hay que pararle los pies!
El hombre, asombrado por la intervención, me clavó el cuchillo en el pecho. A partir de ahí noté cómo me derrumbaba en un charco de sangre. Creo que el resto del tiempo estuve inconsciente porque ya no me acuerdo de nada más.
Para cuando desperté me hallaba en una camilla. La habitación era blanca y tenía un aparato desconocido para mí a mi izquierda y un gotero enchufado a mi mano derecha. Estaba en un hospital. Había dos sillas a mi lado, en una de ellas se hallaba la adivina y en la otra Silvia. Un momento, ¿Qué hacía la adivina aquí?
- ¿Arturo? Arturo, ¿me oyes? – me decía Silvia.
Un solo asentimiento de cabeza le bastó como confirmación.
- Oye chico, venía a decirte que lo que te tenía que pasar ya pasó, puedes relajarte – eso lo dijo la adivina.
Ignorando a la adivina, le pregunté a Silvia:
- ¿Quién me trajo al hospital?
- Los dos policías – me dijo con una sonrisa.
- ¿Los dos policías? – todavía confuso le pregunté -: ¿Quién los avisó?
- Yo – su sonrisa se ensanchó.
- Pero… no es posible, ¿cómo sabías dónde estaba? – ahora estaba más confuso que antes.
- Te seguí – su sonrisa se desvaneció.
- ¿Qué me seguiste? – todavía estaba incrédulo.
- Estaba preocupada – se disculpó.
- Pero… si te vi irte a casa.
- Bueno, digamos que intuía que no te ibas a entrar en casa. Cuando di la vuelta y vi que empezabas a caminar me dispuse a seguirte.
- Pero podría haber sido peligroso.
- Podría, tú mismo lo has dicho.
- Gracias por avisar a la poli.
- No fue fácil convencerlos de que corrías peligro.
- ¿Por qué?
- Porque creían que les estaba gastando una broma pesada.
Nos empezamos a reír los dos, pero paré cuando noté que cada carcajada me desgarraba el pecho.
- ¿Cuánto tiempo llevo aquí? – le pregunté directamente a Silvia, con un gesto de dolor.
- Llevas exactamente… catorce días – me contestó.
Entonces me sobresalté y comprendí que no debí haberlo hecho al sentir un agudo dolor en el pecho.
- Bueno Arturo, te dejo con el doctor. Luego te veo.
Nada más irse Silvia, un hombre vestido con una bata blanca irrumpió en la habitación. Debía de ser el médico.
- ¿Cómo estás? – dijo.
- Bien, creo.
- ¿Estás seguro?
Y dicho esto, empezó a reconocerme y a preguntarme si me dolía aquí o allá.
- Parece que te tendrás que quedar aquí unos días más.
- ¿Qué? Estoy bien – el médico pareció ignorarme mientras intentaba ponerme en pie y soltaba pequeños gritos de dolor.
- Como hagas eso te vamos a tener que retener un rato más – me advirtió.
Dos días más tarde me dieron el alta y me dejaron salir del hospital.
Al día siguiente, en el instituto, todos me hacían preguntas inútiles, que si estoy bien, que si puedo enseñarles la cicatriz del pecho… en fin. La verdad es que en el pecho me había quedado una cicatriz que me cruzaba desde donde empezaba el esternón hasta una de las costillas, de hecho, parecía una especie de media luna, pero en marrón oscuro.
No he vuelto a tener esas pesadillas y ahora, puedo rehacer mi vida. También puedo dormir sin que a la mañana siguiente me encuentre alterado y sudoroso. Un alivio, la verdad.
Ahora que lo pienso, la adivina se equivocaba, estoy vivo. No volveré a ir a ningún sitio a que me adivinen el futuro. Son una auténtica farsa, al menos para mí.
Bueno, a partir de ahí soy feliz, aunque no me he vuelto a acercar a aquél extraño barrio en el que me atacó ese lunático. Por cierto, el loco que me atacó ahora está condenado a quince años de cárcel por dos razones: por atacarme a mí y… bueno, no me acuerdo de la otra. En medio de la confusión no pude comprobar si tenía realmente la misma marca de nacimiento que yo, me temo que para comprobarlo tendré que volver a enfrentarme a mis miedos. Pero ésa será otra historia…
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