martes, 17 de enero de 2012

La Elegida

Me llamo Clara y hace poco descubrí un gran secreto de la historia, un secreto muy especial. Os contaré lo que ocurrió.
            Todo empezó en el colegio cuando íbamos a ir de excursión a visitar las antiguas cuevas de los neandertales. El autobús nos dejó en la entrada de la cueva, me bajé y en lo primero que me fijé fue en el denso bosque que se extendía ante mí. Verde, llamativo. Me dirigí hacia él sin pensar, pues parecía que me llamaba.
            Una vez dentro, desorientada, lo empecé a inspeccionar. Las pequeñas ardillas correteaban a mi alrededor, haciéndome cosquillas. Al fondo, entre los árboles, un ruiseñor se adentró en una cueva e intrigada, me dejé llevar hacia la entrada.        
            Increíble, el ruiseñor me estaba esperando. Me señalaba con la cabeza un túnel. ¿Sería una señal? Me dirigí hacia el recorrido, sin saber muy bien qué hacer. Al pasar junto al ruiseñor éste volvió a señalarme el pasadizo y, de repente, echó a volar a mi paso, guiándome. Todavía sorprendida, le seguí.
            Por fin, el ruiseñor se paró, dejándome ver la entrada de otro túnel. Entonces, empezó a dar saltitos y se detuvo por la mitad del corredizo, alzó el vuelo, me miró y empezó a picar un punto exacto en la ondulada pared rocosa. Captando la indirecta, apreté la piedra. Parte de la pared se derrumbó, aunque curiosamente no me hice ni un rasguño. Al derrumbarse dejó ante mí una especie de puerta. La traspasé y en cuanto estuve dentro algo se cerró detrás de mí y se empezaron a oír ligeros susurros que me invadieron.
            “Clara… ven…”
            “No… resistirás…”
            Al descifrar las palabras de esa voz tenebrosa sentí una piel de gallina que hasta entonces nunca había tenido. Del susto, el ruiseñor se había posado en mi hombro derecho clavándome sus pequeñas garras pero sin llegar a hacerme daño. Al cabo de unos segundos logré reaccionar, enfrentándome a algo desconocido. Di unos cuantos pasos más y me encontré descendiendo a toda velocidad por un agujero que no había visto.
            Cuando toqué fondo me sentí extrañamente bien. Miré hacia arriba y vi al ruiseñor descender y posarse de nuevo en mi hombro. Ya recuperada me levanté y empecé a andar, dispuesta a seguir investigando el terreno por el que ahora me movía.  El suelo era arenoso, con unas huellas marcadas. No sé de qué o de quién serían las huellas, pero imaginaba que serían de algún explorador que, antiguamente, se hubiese perdido por allí. De una abertura de la pared del fondo salía una bruma blancuzca que no dejaba ver el interior, sin embargo, la voz salía de allí. Me dirigí hacia la abertura, dispuesta a enfrentarme a lo que fuese aquello.
            Cuando estuve a un paso me detuve, miré al ruiseñor y, al ver que éste asentía, crucé la abertura.
            Dentro me esperaban un gigantesco perro de tres cabezas que aguardaba a las puertas del infierno y un hombre vuelto de espaldas hacia una gran barca. Debían de ser el Can Cerbero y el barquero de Hades, Caronte, que es el encargado de guiar a las sombras errantes por el río Aqueronte hasta su destino. Aturdida, me acerqué a Caronte, el cual me estaba observando hace unos segundos con sus cuencas vacías. Cuando le pregunté dónde estaba se giró hacia mí, dándome a ver su huesuda cara con unos simples girones de piel. Horrorizada, retrocedí.
            Tras unos segundos que me tomé para recuperarme, observé que el ruiseñor volaba ágilmente hacia Caronte, mientras éste le decía con voz cavernosa:
-          Lo conseguiste Verca, bien hecho.
            Todavía no me lo creía, había sido engañada por un ruiseñor. Caronte fijó su vista en mi vestimenta del siglo XXI, volvió a mirar al pájaro, asintió y dijo:
-          Es ella.
            Se acercó y me dijo:
-          Bienvenida, eres la Elegida.
-          ¿La Elegida? ¿de qué está hablando? – todo esto era una auténtica incógnita para mí, no entendía nada.
-          Si, eres la Elegida para viajar al Averno.
-          ¿Qué? ¿dónde estoy?
-          Bienvenida al Infierno…
-          ¡Oh, venga ya! ¿dónde están las cámaras? – dije mientras daba una vuelta a mi alrededor, incapaz de creerme lo que oía.
-          Te presento a Verca – me dijo mientras me ignoraba y me señalaba al ruiseñor con la cabeza, si se le puede llamar cabeza.
-          ¿Verca?
-          Si, le puse ese nombre porque tiene la cabeza verde y, juntando las dos palabras salió el nombre ideal.
-          ¿Ves aquél monstruito de allí? – me señaló hacia Cerbero, que me dedicó una dentellada con cada una de sus tres cabezas.
-          Tranquila… sólo necesita… acostumbrarse a un vivo. – dijo, al ver mi expresión, cuidando cada una de sus palabras.
-          Entonces, usted está… ¿muerto?
-          No, yo soy el anterior Elegido, pero estuve mucho tiempo aquí y no encontré la salida a tiempo.
-          Pero… ¿por qué yo?
-          Eres la Elegida del siglo XXI. Cada siglo aparece un nuevo Elegido que, accidentalmente, cruza las cuevas y los túneles necesarios para llegar hasta aquí.
-          Y, si usted es el anterior Elegido, ¿por qué ejerce como Caronte? – reflexioné en voz alta.
-          Ya te lo he dicho, no me percaté de que estuve demasiado tiempo aquí, en el Inframundo. Cerbero se encariñó conmigo y terminé aceptando el puesto de Caronte, aunque éste es mi último día como tal. Verás cada vez que un nuevo Elegido se adentra en el Averno, se elige un nuevo Caronte – me explicó cuando se percató de que no entendía nada.
-          Entonces… ¿no se llama Caronte?
-          No, pero olvidé mi nombre al cabo de un tiempo, después de aceptar el cargo.
-          Y… ¿quién será el próximo Caronte?
-          Eso no lo sé ni yo ni nadie, es otro Elegido del destino.
-          Como… ¿como yo?
-          Sí.
-          Anda, ven a dar un paseo en mi barca, y vas conociendo todo esto.
-          M…vale.
            La barca era grande y totalmente negra, pero de una madera reluciente y resistente. Cuando monté en ella, sentí una sensación muy extraña. Era como si… como si escuchase otras voces en mi cabeza.
            Con el suave balanceo de la barca me estaba relajando, quizás demasiado. Se me entrecerraban los párpados, incapaces de resistir la tentación de dormir tras todas las aventuras, todas las emociones… Cerré los ojos y me quedé profundamente dormida.
            Cuando desperté me hallaba en el punto de partida, frente al Can Cerbero, y ya no estaba el antiguo Caronte, en vez de eso, había un muchacho joven, al fondo de la barca. Me incorporé y me acerqué a él para preguntarle.
-          Hola – le dije.
-         Hola, ¿ya te has despertado? – inquirió, volviéndose hacia mí, de tal forma que pude ver al pequeño Verca sobre su hombro izquierdo, un giro completo, pensé.
-         ¿Qué? ¡Oh! Si ya… ya estoy despierta – dije, todavía amodorrada.
-         ¿Seguro? Bueno, yo también soy nuevo aquí y no quiero que te quedes encerrada aquí como el antiguo Caronte, así que ¡en marcha!
-         ¿Quién eres?
-         Soy el nuevo Caronte, pero me puedes llamar Louis.
-         Vale y ¿dónde me llevas?
-         De vuelta a casa.
-         Pero… ¿cómo?
-         Como soy el nuevo Caronte me han confiado la salida al exterior y te voy a sacar de aquí, aunque puede que el camino no sea fácil – me dijo, con una sonrisa, infundiéndome ánimos.
-         De acuerdo. Pero… sabrás lo que haces ¿no?
-         Por supuesto.
            Nada más decir esto, la barca se puso en movimiento y nos empezamos a tambalear al ritmo de las ligeras olas que provocaban los remos. Algo mareada, me asomé al agua y lo que vi me dejó algo… sorprendida. El agua era de un gris oscuro y desde el fondo se transparentaban los condenados que murieron en agua, a los que se les castigaba con un tormento acuático, incapaz de describir. Pasado el mal trago me incorporé en la barca, y observé el paisaje, en el que se apreciaban distintos tonos de negro, cada vez más oscuros. Curiosa, le pregunté a Louis sobre ello, a lo que éste respondió:
-          Mientras más oscuro esté, más cerca estaremos de los aposentos de Hades.
-          ¿De Hades? ¿Y qué pinto yo allí?
-         Te tiene que dar su permiso para que puedas salir de aquí. – Mirando mi cara de incredulidad añadió –. Te dije que no sería fácil.           
-         Ya… pero no que salir de aquí implicaría pasar por los aposentos de Hades, ¡el rey del infierno! ¿te das cuenta de lo que estás diciendo? – le acusé.
-         Claro que no te lo dije, si te lo hubiese dicho no hubieras accedido a venir – se excusó – además Hades no es tan malo como lo pintan.
-         ¿Y entonces por qué está aquí?
-         Porque alguien tendría que ocupar el puesto y le tocó a él.
            Como no sabía que contestarle me callé, a la espera de que acabase la travesía.
            Al poco rato desembocamos en una cavidad algo más grande. El río Aqueronte desapareció y se convirtió en un río de lava que, aunque se veía que era fuego puro, no quemaba la barca. Al fondo de la cavidad había un trono de fuego, y sobre él se hallaba un hombre ataviado con unas extrañas armaduras rojas y un tridente negro, Hades. A su alrededor, se hallaba también un monstruo de dos cabezas, la Hidra de Lerna y un gigantesco león cuyo pellejo era invulnerable a cualquier arma, el León de Nemea.
            Hades me señaló con el tridente y me dijo:
-          ¿Quién osa adentrarse en mis dominios?
Haciendo acopio de todo el valor que poseía le contesté:
-          La Elegida.
-          ¿Y qué quieres?
-          Salir de aquí.
-          ¡No se puede salir de aquí! – rugió.
-         ¡Si que se puede! ¡puede que vaya a ser peligroso! ¡pero lo conseguiré! – dije, olvidándome por un instante de que estaba hablando con el rey de la parte oscura del Tártaro.
            Al instante, observé salir una bola de fuego de sus grandes dedos, ardiente y veloz. Cuando estaba a punto de rozarme, alguien intervino en su trayectoria. Mi salvador llevaba una coraza invulnerable contra magia y espada, un casco alado y unas ligeras zapatillas en una mano, era Hermes, el legendario mensajero de Zeus.
-         Por arriba hay una salida, con estas zapatillas aladas podrás llegar hasta ella, pero tendrás que enfrentarte a Medusa, por lo que toma también esta navaja de oro – dijo Hermes, tendiéndome unas zapatillas plateadas y una ligera navaja dorada - llegarás bien, lo sé.
            Me di la vuelta para encontrarme con Louis, quien todavía mantenía a Verca en su hombro, los dos me miraban atentamente y sólo cuando asintieron accedí a calzarme las zapatillas que Hermes me tendía.
            Al hacerlo, sentí una energía de la que ya no me quedaba, me sentía nueva, con ganas de todo, de comerme el mundo, de salir de allí. Sin darme cuenta, salí disparada a tres metros de altura, sobre la asombrada mirada de Louis. Desde lo alto, sin poder creerme lo que sucedía, observé que Verca alzaba el vuelo desde el hombro de Louis  para seguirme por las alturas.
-          Si quieres llegar hasta arriba, tienes que desear salir de aquí con mucha fuerza, las zapatillas vuelan por el impulso del deseo – dijo Hermes, alzando la vista.
-          ¡De acuerdo! – le dije.
-          ¡Mucha suerte! – dijo Louis con una sonrisa en los labios.
-          Volveré Louis, ¡volveré! – le aseguré.
-          No vuelvas, aquí te aguardan muchos peligros – casi me suplicó.
      Viendo que no le respondía, alzó la mano, agitándola hacia los lados, se estaba despidiendo. Deseé con toda la fuerza que fui capaz de extraer de mi interior salir de allí, del volcán.
            Salí disparada a toda velocidad con los ojos cerrados, disfrutando de la sensación. Hermes me había dicho que tendría que enfrentarme a Medusa, una de las tres Gorgonas, y creo recordar que su persistente y afilada mirada te puede quedar de piedra, de forma literal.
            Al cabo de un corto plazo de tiempo vi una cavidad en la rojiza roca del volcán, mi única salida. Deseé ir hacia la abertura y las plateadas zapatillas aladas hicieron todo el trabajo. Al entrar, hice un amago de andar a un palmo del suelo, sin caer en la cuenta de que llevaba unas zapatillas voladoras. No me las quité, simplemente deseé tocar fondo y bajé. Caminando por el oscuro pasadizo me di cuenta de que estaba muy cerca de conseguir la victoria, por lo que debía tener mucho cuidado de no tropezarme para evitar un encuentro adelantado con el monstruo mitológico, su apariencia sería normal si no presentase en la azotea un decenas y decenas de serpientes vivas.
            Pasado un largo trecho por aquel oscuro pasadizo, apareció una cavidad más grande, alumbrada por luz solar. Podía escuchar roncar a Medusa, pero no verla. Escruté todas las paredes con la mirada, una vez que me hube acostumbrado a la reluciente luz que entraba por un pequeño agujero del techo. A la tercera vez, cuando ya creía que no localizaría nada nuevo, encontré una piedra que sobresalía, contrastando con el perfecto modelo de la pared, lisa, sin ligeras rocas ni grumos por medio. Llegué hasta ella, pero no fui yo quien la presionó, fue Verca, que con sus pequeñas garras se aferró a la piedra, impulsándose con las alas. Una parte de la pared se desplazó hacia un lado, dejando ver una dormida Medusa en su interior. Me acerqué volando, sin cometer el más leve error. Aun así, se removió un poco, como si percibiese mi presencia, pero no llegó a despertarse. Agarré la dorada navaja, y tuve tan mala suerte que se me resbaló de la sudorosa mano y cayó, alborotando la estancia.
            Medusa abrió sus grandes ojos sin mirarme y se puso en pie de un salto, con las agitadas serpientes verdes sobre su cabeza. Las serpientes me miraban fijamente, siseando en mi dirección. Mientras los siseos retumbaban por la cueva, observé un ligero cambio en el cuello de la Gorgona, se estaba girando.
            Completado el giro, cerró los ojos, cogiendo fuerzas, y dirigió su especial vista hacia mí. No me había dado tiempo a reaccionar, me había quedado atrapada en esos ojos que me iban paralizando lentamente. Desvié la mirada rápidamente, recogí el cuchillo del suelo y me dispuse a luchar, colocando las piernas de forma que pudiese esquivar fácilmente cualquier ataque y agarrando el cuchillo con las dos manos, mirando fijamente a sus serpientes, ya que éstas no me podían paralizar con la mirada, como hacía su dueña.
            La criatura echó a correr hacia mí, emitiendo un extraño grito de guerra. Me aparté milimétricamente y por los pelos de su trayectoria y, aprovechando el momento en que pasó velozmente por mi lado, alcé el cuchillo y le rapé media docena de serpientes, manchando el cuchillo de una sustancia verde y viscosa, pero no sirvió de nada, por cada una que había cortado salieron otras dos más pequeñas. Asombrada, retrocedí un paso, topándome con la rocosa pared.
            De repente, la Gorgona cogió una estalactita que hasta entonces no había visto, la abrazó con sus dos manos, me sonrió maliciosamente, siseó y volvió a la carga. Para entonces, yo ya estaba preparada y le clavé el hermoso cuchillo en el hombro que portaba el cono de piedra. Medusa, aullando de dolor, se enfureció aún más, demostrándomelo con una mirada asesina.
            Algo se movió por detrás, en la otra sala. Me preparé, esperando algo peor que esto. Sin embargo, lo que sentí era seguridad, no temor.
-          ¿Necesitas ayuda? – dijo el mensajero de los dioses, en tono salvador.
-          Creo que sí – dije al ver que la Gorgona se enfurecía por momentos.
En ese momento, se lanzó a la carrera. Hermes me lanzó su escudo y frené la embestida con él. Frustrada, Medusa retrocedió, planeando su próximo ataque.
-          Aprovecha ahora – susurró Hermes.
            Ahora fui yo la que contraatacó. Corriendo velozmente, cuchillo en mano y escudo en brazo. A la Gorgona no le dio tiempo a reaccionar y le clavé la navaja donde pude.
            Entonces dijo Hermes:
-          ¡Escapa! ¡rápido! ¡no podrás con ella! Está recuperando fuerzas.
            Haciendo caso de la advertencia, volé con mis nuevas zapatillas aladas. Verca, en el que hasta ese momento no me había fijado, alzó el vuelo a mi vez.
-          ¡Cuidado con las flechas! – avisó Hermes.
-         ¿Flechas? ¿qué…? –antes de acabar la frase, algo pasó rozando por mi lado. Entonces lo entendí todo de golpe.
      Las flechas eran una última prueba que traspasar. Observé unos agujerillos en la pared de los que surgían nuevos pivotes y me dispuse a esquivarlos. Alzando de nuevo el vuelo y fijándome en los pequeños y oscuros agujeros fui serpenteando las nuevas amenazas que de allí surgían hasta llegar a la cima.
      Una vez arriba me quedé esperando no sé a qué. Quizás a ver a Hermes de nuevo o quizás un nuevo peligro. No lo sé. Sólo sé que lo importante es que he conseguido llegar a mi mundo. Mi verdadero mundo. No sé cuánto tiempo habré pasado en aquella dimensión, pues allí no corre el tiempo. Ahora que lo veo, lo que me parecía un alto volcán era apenas un agujero en la tierra, de hecho, podía ver a un disminuido y borroso Hermes allí abajo.
      Me fui corriendo en la dirección donde se había aparcado el autobús. Una vez que lo distinguí entre las juntas copas de los verdes árboles eché a correr velozmente y, al distinguir las cuevas al fondo fui moderando el ritmo hasta alcanzar mi paso normal. Por supuesto, Verca me acompañaba. No sé si volveré al Averno, lo que es seguro es que el recuerdo lo guardaré el resto de mi vida. Por no hablar de las zapatillas aladas, que conservaré siempre.

Arturo y la pesadilla que se hizo realidad

Hola, soy Arturo, un chico de pelo negro y ojos marrones claros, más o menos del color de la arena, o eso dice la gente, tengo trece años y os voy a contar cómo es mi vida día a día, o mejor dicho, noche tras noche.
  Mi habitación es algo pequeña, pues en ella sólo hay espacio para mi cama y un armario empotrado en la pared. Las paredes de mi cuarto son de un amarillo claro y tengo colgados en ella algunos posters de películas y de música. Mi cama está cubierta por una manta marrón de un aspecto algo antiguo y deshilachado, pero muy calentita.
  Suelo tomar un buen desayuno, en mi caso dos tostadas y un vaso de leche, vestirme y salir de mi edificio. Una vez fuera, lo primero que hago es acoger en mi interior todo el aire que mis pulmones son capaces de obtener y, un instante después liberarlo. Esto y el paisaje anochecido que se extiende a mi alrededor consiguen tranquilizarme, pues últimamente tengo pesadillas tan terroríficas que me despierto sudando y alterado.
  Cuando llego al instituto, sigo sin conseguir quitarme de la cabeza aquellas nítidas imágenes que me aterrorizan. Apenas puedo prestar atención a la clase, pues mi cabeza tiene otras cosas en las que pensar, como por ejemplo, porqué es la misma pesadilla noche tras noche y porqué mi mente no guarda en la caja fuerte esos nítidos recuerdos. Preguntas a las que no encontraría respuesta, o eso creía. Hacía tiempo que me debatía entre si contárselo a alguien o no y al final me decidí.
Le conté a Silvia, mi mejor amiga, ese extraño sueño que me perseguía, y ella, sin dudarlo, me dijo que fuésemos a ver a una adivina. Yo no creía en los adivinos, la verdad, pero estaba desesperado y haría cualquier cosa con tal de dormir bien por una noche en mucho tiempo
  Esa misma tarde me dirigí con ella a un extraño local que tenía un cartel en el que se citaba en letras algo extrañas:
“NUNCA SE SABE CON
LO QUE TE PUEDES CRUZAR EN
TU DESTINO”
  Ese cartel me sacó de quicio, estuve a punto de decirle a Silvia que tenía cosas que hacer y que me tenía que ir ya, pero, por alguna razón que desconocía, no lo hice. Me quedé allí, pinchado, fascinado por la mala espina y la intriga que me ofrecía aquél extraño cartel. No sé, pero era algo extraño, una parte de mí quería entrar a toda costa, pero otra me decía que no debía. Me dejé llevar por la intriga y crucé la puerta.   Aunque sabía que Silvia me seguía, ya no la notaba, estaba inmerso en mis cavilaciones.
  Subimos las grandes y oscuras escaleras que nos separaban del segundo piso y nos encontramos ante una puerta totalmente negra. Entré sin pensar y lo que vi me dejó algo asombrado. Las paredes eran tan negras como la puerta, había una única mesa redonda con una bola de cristal y unas cartas de tarot y una enorme lámpara de araña colgaba del techo. Apenas llevábamos unos pocos segundos cuando apareció una mujer en la estancia. Parecía haber salido de una película de terror, sin embargo, a pesar de la tez paliducha de Silvia, mi rostro tan sólo mostró emoción. La mujer era verdaderamente terrorífica. Donde debería estar el ojo izquierdo llevaba un parche más negro incluso que las paredes y la puerta y mostraba una enorme verruga en la barbilla. Llevaba una especie de túnica negra con las mangas bastante anchas que contrastaba mucho con su pálida piel, un pañuelo también negro anudado en la cabeza y le faltaba una pierna, por lo que también llevaba un bastón en su huesuda mano, por no mencionar que estaba calva.
  Cuando llegó hasta donde estábamos, se sentó en la única silla de la habitación y empezó el espectáculo.
-            Qué queréis – Dijo la mujer con una voz más grave de lo que me esperaba.
-            Eh, venimos para que nos haga una predicción – Dijo mi compañera, seguía asustada y su pelo rubio le caía sobre el rostro, no se atrevía a apartárselo, o eso deduje por su expresión.
-            El dinero por adelantado – Me estremecía cada vez que hablaba, y observé que mi acompañante también.
-            Eh, si, aquí tiene – Dije, extendiéndole un billete de veinte euros con poca seguridad.
-            Esta consulta cuesta treinta euros, no veinte – Vaya, es realmente antipática, habrá que tener cuidado con lo que decimos y hacemos. Tragué saliva y miré a Silvia, que ya estaba sacando del bolsillo un billete de diez. Le mandé una sonrisa de agradecimiento y me contestó con otra.
-            Está bien, qué queréis saber – Aunque esto último lo dijo en un tono más amable, no encajaba ni con la estancia ni con el ataque de tos que vino a continuación.
-            Verá, mi amigo tiene unos sueños muy raros últimamente – Dijo Silvia con fluidez, ya recuperada de la impresión y con los ojos marrones centelleantes.
-            ¿Me lo podría contar su amigo, por favor? – Dijo, con voz atronadora.
-            Eh, si claro – Se limitó a decir, por su expresión deduje que la había intimidado bastante.
-            ¿Te llamas Arturo no? – dijo dirigiéndose a mí.
-            ¿Cómo lo sabe? – dije algo anonadado.
-            Yo lo sé todo, ya deberías saberlo – me contestó, con una voz aún más atronadora que la anterior.
-            Eh… por supuesto… no lo pongo en duda – contesté.
-            Bien, sigamos. – Dijo, en esta ocasión con un tono complacido. -: ¿Tienes trece años verdad?
-            Sí.
-            Y, ¿cuál es ese sueño tan extraño que te ha traído hasta aquí?
-            Pues verá. Estoy en la calle, la noche es fría y oscura. Un gato negro me roza sigilosamente el pantalón, tengo un ligero escalofrío y miro hacia donde me ha rozado aquél inocente animal. Tengo la pierna derecha ensangrentada y eso me asusta. – en el fondo sabía que era un sueño, pero me estremecí tanto como en la pesadilla – Echo a correr sin pensar hacia una iglesia que debería de estar cerrada, sin embargo, no es así. En el interior hay una gran luz que me invita a entrar, entro y lo que veo me deja petrificado. Hay un ataúd abierto en mi dirección. Está vacío. La puerta de la iglesia se cierra de golpe, dejándome a oscuras en el interior. Se oye un ligero ronroneo, por lo que intuyo que el gato también ha entrado. Sin embargo, no se oyen sólo los ronroneos, también se oyen pasos, ligeros y rápidos. No estoy solo. Miro a mi alrededor, en busca de algún indicio que me confirmase que todo aquello era un aterrador producto de mi imaginación, pero sólo me topo con la oscuridad. No me muevo, estaba sudando de pavor hacia lo desconocido. De repente, algo me agarra del hombro e instintivamente miro hacia atrás. Ése es mi error. Mi único error. No debí mirar. A mis espaldas se encuentra mi asesino, un hombre pálido, de pelo negro, con un único ojo marrón, pues le falta el otro, tiene un rostro rubicundo, va vestido de negro y rojo y una cruel sonrisa asoma a sus labios blanquecinos. Me quedo paralizado, sin atreverme a respirar. Entonces el hombre saca un cuchillo de su cinturón… y… me despierto.
-            ¿Has dicho un gato negro?
-            Si, de un negro azabache.
-            Esto no me gusta – dijo la mujer pensativa.
-            ¿Qué significa el gato negro? – casi gemí.
-            Mala suerte. En tu caso es tan mala suerte que te provocarás la muerte – contestó.
-            ¿Está segura?
-            Totalmente.
-            ¿Voy… voy a morir? – tartamudeé.
-            Lo siento chico, quizá no deberías haber venido – lo dijo con sinceridad, pero ocultándome algo.
-             Un momento, ¿ha dicho que me provocaré la muerte? – había dado en el clavo.
-            Sí, no como aparece en el sueño, obviamente, pero de alguna manera morirás, eso te lo puedo asegurar sin ningún riesgo de equivocación.
-            ¿Cómo me voy a matar yo mismo? – no daba crédito ni a lo que veía ni a lo que oía.
-            Eso no lo sé, ya te llegará el momento de averiguarlo.
-            Oiga, pero tiene que ayudarle – dijo Silvia, que estaba algo alterada.
-            Niña, ni se te ocurra decirme lo que tengo que hacer – dijo con voz desafiante.
-            Eh, vale – pobrecilla, ni siquiera le salía la voz del cuerpo.
-            Así me gusta – se empezó a reír con unas carcajadas tan siniestras y potentes que se me erizó el pelo de la nuca.
  El resto de la consulta se pasó bastante lento, ahora que sabía lo que me iba a pasar el tiempo pasaba terroríficamente lento.
  Salimos de allí y tras despedirme de Silvia llegué a casa y me fui derechito a mi habitación para hacer los deberes. Tenía mucho que hacer y aquella consulta me había dejado exhausto, anhelaba tirarme en la cama y dormir unas horitas, pero el día parecía no tener suficientes horas.
  Cené en silencio, metido hasta el fondo en mis pensamientos, sin atender a nada más, me podían haber dado un golpe con una pala en la cabeza y no me hubiese enterado.
 Esa noche caí rendido en la cama. Tuve la misma pesadilla pero ya pronto se acabaría aquello, pronto. Me estaba desquiciando pero daba igual.
  A la mañana siguiente me levanté como el día anterior, sudoroso y alterado. No quería pensar en lo que me habían dicho. Mi mente no hacía más que darle vueltas a las siguientes frases:
…“Mala suerte. En tu caso es tan mala suerte que te provocarás la muerte”…
…“Vas a morir”…
…“Vas a morir”…
…“¿Qué significa el gato negro?”…
…“Mala suerte. En tu caso es tan mala suerte que te provocarás la muerte”…
  Por suerte empezaron las clases y me pude distraer un poco, aunque no lo suficiente. Me preguntaron varias veces y no pude responder, no estaba preparado para responder, todavía no. Mi cabeza seguía ocupada mientras yo intentaba, sin éxito, prestar atención a la clase. Por mi mente pasaba mi sueño una y otra vez, y entonces me di cuenta de algo que hasta entonces había pasado desapercibido. Mi asesino tenía la misma marca de nacimiento que yo en la mano derecha, ése asesino era yo, un poco más mayor, pero era yo. ¿Cómo se me pudo pasar algo tan importante? Se lo tenía que decir a Silvia, la adivina tenía razón, iba a matarme yo mismo.
  A la salida la vi hablando con un muchacho al que yo no conocía. Me dirigí hacia donde estaban, la cogí del brazo y le dije un “tenemos que hablar”, alejándola de allí. Me la llevé a un rincón apartado tanto del muchacho como de los espectadores que teníamos ya a nuestro alrededor y ya a salvo de miradas indiscretas le dije:
-          Silvia, la adivina tenía razón.
-          ¿De qué hablas?
-          Silvia, ¡me voy a matar yo mismo!
-            ¿Pero qué tonterías estás diciendo? – parecía incrédula.
-            Ayer fuimos a ver a una adivina, ¿te acuerdas? – lo dije muy despacito, demasiado despacio quizás, pero se me estaba agotando la poca paciencia que tenía.
-            Ya lo sé tonto, te estaba tomando el pelo – dijo con un tono bromista que no me encajaba con la situación.
-            Pues deja de tomarme el pelo y escucha – casi le ordené.
-            Está bien… ¿de qué quieres hablar? – dijo con resignación.
-            En clase le he estado dando vueltas al sueño y mi asesino tiene mi marca de nacimiento, en el mismo lugar que yo, Silvia mi asesino… soy yo – dije por fin.
-             Vale, ahora en serio – escrutó mi rostro y poco después mis ojos, buscando algún rastro de sorna en alguno de los dos - ¿De veras?
-            Sí Silvia si, te lo digo enserio.
-            Y… ¿tienes alguna idea de cuándo será? – ahora parecía preocupada.
-            No, ninguna – tras decir esto me pasé la mano por el rostro, cansado de pensar.
-          ¿Cómo será?
-            No lo sé, Silvia, no lo sé – estaba desesperado y se notaba en mi voz, en mi rostro, en mis gestos…  no podía reprimir nada y para colmo mi destino estaba escrito.
-            ¿Vamos esta tarde a ver a la señora Monsou otra vez?
-            ¿A quién?
-            A la adivina…
-            ¡Ah no! ¡Yo allí no vuelvo!- dije, tenía miedo de que me llenase la cabeza con más supersticiones y demás. Ya tenía la cabeza demasiado ocupada con la sesión de ayer.
-            ¿Por qué? – preguntó, no lograba ocultar su mofa por más que lo intentase.
-            ¿Qué quieres? ¿Qué nos saquen otros treinta o cuarenta euros? Porque yo estoy limpio – era verdad, me gasté todo lo que tenía en aquella dichosa sesión.
-            ¿Cómo? ¿Sólo tenías veinte euros? – preguntó incrédula.
-            No todos somos ricos, ¿sabes? – le contesté con algo de sarcasmo.
-            Vaya hombre, muchas gracias, no sabía que fuese rica – me contestó como respuesta.
-            Bueno, vamos a dejarlo.
-            Entonces, si pago yo… ¿vamos? – Dios mío y ahora qué le digo, si le digo que sí me comprometo a ir y si le digo que no se enfadará.
-            Eh… sí – dije sin pensar nada más.
-            Hecho entonces, quedamos a las siete en la puerta del instituto.
-            Vale, aquí nos veremos.
  Se alejó sin decir nada más y yo me quedé solo de nuevo, expuesto al sueño que tanto me aterraba.
 Ya en casa, me eché una buena siesta. Necesitaba dormir. Cuando me desperté ya eran las siete y cinco. ¡Las siete y cinco! ¡Tendría que estar ya en la puerta del instituto y ni siquiera me había cambiado de ropa! Que estaría pensando Silvia… Me vestí lo más rápido posible y salí de casa como una bala. Llegué a las siete y diez. Silvia no estaba allí. La llamé desde el móvil por miedo a que se hubiese enfadado creyendo que la había dejado plantada. “El teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura” ¡Perfecto! Ya me iba a casa cuando apareció Silvia por una esquina con una sonrisa de disculpa, algo avergonzada.
-          ¡Ya creía que no llegabas! – bromeó.
-          ¿Estás loca? Llevo aquí desde las siete y diez – casi presumí.
-            ¿Sí? Pues entonces llegas tarde, yo llevo aquí desde las siete, pero como vi que no llegabas fui a comprarme algo a aquella tienda, no ésa no, la que hay un poco más allá – me indicó mientras seguía la dirección de mi mirada.
-            Estoy listo, ¿vamos? – casi se me notó el tono de cobardía en mi voz, pero        lo controlé.
-          ¡Vamos!
  Una vez allí me embargó la misma sensación que la vez anterior, tanto en las oscuras escaleras como en la extraña sala. Cuando vi a la extraña mujer que respondía al nombre de señora Monsou, un frío escalofrío pasó rápidamente por mi espalda y no era a causa del frío, os lo puedo asegurar, estábamos a treinta grados centígrados, no hacía frío.
  La adivina se sentó en la silla nada más vernos, con una cara de “otra vez aquí no, vosotros no…” pero hoy fue algo más amable. Creo que tenía ganas de librarse de nosotros, pero no dije nada a cerca de mis intuiciones.
-          Bueno, ¿se puede saber qué queréis ahora? ¿ya os solucioné la consulta no?
-            Sí, pero ahora quiero saber cuándo y cómo será y si hay forma de evitarlo – contesté.
-            Respecto al cuándo puedo decirte que será pronto y con respecto al cómo no lo sé, el destino es impredecible, nunca sabes con certeza lo que te tocará en esta vida. Y… si, hay una posibilidad de evitarlo - dijo con un toque de misterio.
-          ¿Cuál es? – pregunté bastante ansioso.
-          Interviniendo – contestó con prolongada satisfacción.
-          Pero… ¿cómo?
-          Interviniendo – repitió.
  Entonces me di cuenta de que no me iba a dar ninguna pista más, por lo que dejé de preguntarle. Había que agotar el tiempo que quedaba de consulta, por lo que le empecé a preguntar sobre cosas irrelevantes. Por fin se acabaron los interminables minutos restantes.
  Cuando salimos de la consulta eran las ocho menos cuarto, tampoco había durado tanto, pensé. De repente, Silvia empezó a pensar en voz alta:
-            Vamos a ver, ha dicho algo de una intervención pero, ¿cómo podemos saber cómo intervenir en el destino?... – seguía hablando, pero yo ya había dejado de escucharla, estaba  pensando cómo salir del paso ileso, o al menos, con vida.
-            ¡Ya lo tengo! – exclamé de repente.
-            ¿Qué es lo que tienes?
-            La respuesta… Vamos a ver, piensa, ha dicho que no sabe cómo ocurrirá, o sea, que lo mismo puede ser un coche como una moto y, si cuando me vaya a rozar el vehículo me aparto de su trayectoria… ¡no me atropellará!
-            En eso tienes razón, pero no sabes cómo reaccionarás llegado el momento, ni si reaccionarás – aclaró con pesar.
-          ¡Oh! ¡venga vamos! sólo me lo tengo que proponer – repliqué.
-            Si tú lo dices… - quedó en suspenso la frase, sin embargo, yo sabía a qué se refería -  pero sigo pensando que no se puede tentar al destino.
-            ¡Ahí tienes razón no se le puede tentar! ¡Pero si se puede cambiar! Basta un pequeño movimiento o decisión que no tenías pensado hacer y el destino cambia por completo.
-            ¿Pero y si el destino ya sabía que ibas a cambiar de idea y estaba preparado para la ocasión? – dijo con malicia.
-            ¡Deja de liarme! – dije y al instante nos empezamos los dos a reír, sin saber muy bien porqué.
  Mientras tanto, yo ya había llegado a casa, pero no tenía ganas de entrar y me quedé un rato más con Silvia en la puerta. Mientras hablábamos, el cielo se iba oscureciendo, no sabríamos decir qué hora era con exactitud, pero yo diría que eran cerca de las nueve. De pronto, Silvia miró el reloj y se le descompuso el rostro:
-          Arturo me tengo que ir ya.
-            ¿Ya? Pero si son las… ¿qué hora es? – con las prisas se me olvidó ponerme el reloj.
-            Las nueve y veinte. Ya ha oscurecido más de la cuenta, mañana nos vemos – después de decir esto, echó a correr y pronto la perdí de vista.
-          … Adiós – casi susurré.
  La idea de entrar en casa seguía sin atraerme así que decidí dar un paseo a la luz de la luna. Sin darme cuenta me adentré en un barrio totalmente desconocido para mí. Casi todos los bares estaban cerrados y con al menos una de las ventanas rotas. Bueno, estaba visto que no era un barrio alegre. Quise volver a casa, pero no me respondían las piernas, estaba aterrado. Este barrio era exactamente como el de mi pesadilla. “No puede ser, no es posible, sólo era un sueño” pensé para intentar tranquilizarme, sin embargo, no lo conseguía.
  Seguía en el proceso de intentar tranquilizarme cuando sentí que algo me rozaba la pierna derecha, no podía ser, era imposible. Un gato negro me acababa de rozar la pierna sigilosamente y me extrañó que no me sangrase, a pesar del descubrimiento eché a correr mientras observaba cómo aquél sigiloso minino me seguía. “Esto no me puede estar pasando a mí” pensé nada más avistar la iglesia al fondo del callejón. Entonces se me ocurrió que, como lo del gato no había pasado tal y como en el sueño la parte de la iglesia también podría cambiar. Estaba abierta de par en par. Entré. “Si el sueño no estaba escrito quizá  podría cambiar el destino”. Me estaba infundiendo ánimos con esa frase cuando vi el ataúd abierto en mi dirección. Ahora podía notar el sudor frío recorriendo lentamente mi rostro, adentrándose en los ojos, goteando en el suelo… “Oh oh” el gato ya había entrado. Podía oírle ronronear a mis espaldas. ¡Los pasos! ¡Ahora también podía oír los pasos! Intenté ignorar todo cuanto me rodeaba. Era imposible, me había subido la adrenalina y no era capaz de dejar los ojos quietos. Sentí que algo me agarraba del hombro y miré hacia atrás, sabía que no debía haberlo hecho, pero lo hice. Tropecé dos veces en la misma piedra. “¡Pero se puede saber que estoy pensando! ¡Me tengo que concentrar en cómo salir de aquí antes de acabar hecho rodajas!”
  Al girarme vi al mismo hombre que en la pesadilla. “Vale, esto ya es un poco raro”. Es lo único que pensé al reconocer el rostro. El hombre, con una sonrisa diabólica, empezó a sacar un cuchillo y entonces me di cuenta de que ahora no me iba a despertar como en la pesadilla. Avanzó lentamente hacia mí, cuchillo en mano. Quería correr, alejarme de allí cuanto antes, pero las piernas no me respondían. Estaba aterrorizado.
  Cuando estaba a punto de clavarme el cuchillo, se abrió la puerta y entraron dos hombres gritando:
-          ¡Está loco! ¡Hay que pararle los pies!
  El hombre, asombrado por la intervención, me clavó el cuchillo en el pecho. A partir de ahí noté cómo me derrumbaba en un charco de sangre. Creo que el resto del tiempo estuve inconsciente porque ya no me acuerdo de nada más.
  Para cuando desperté me hallaba en una camilla. La habitación era blanca y tenía un aparato desconocido para mí a mi izquierda y un gotero enchufado a mi mano derecha. Estaba en un hospital. Había dos sillas a mi lado, en una de ellas se hallaba la adivina y en la otra  Silvia. Un momento, ¿Qué hacía la adivina aquí?
-          ¿Arturo? Arturo, ¿me oyes? – me decía Silvia.
  Un solo asentimiento de cabeza le bastó como confirmación.
-            Oye chico, venía a decirte que lo que te tenía que pasar ya pasó, puedes         relajarte – eso lo dijo la adivina.
  Ignorando a la adivina, le pregunté a Silvia:
-          ¿Quién me trajo al hospital?
-          Los dos policías – me dijo con una sonrisa.
-          ¿Los dos policías? – todavía confuso le pregunté -: ¿Quién los avisó?
-          Yo – su sonrisa se ensanchó.
-            Pero… no es posible, ¿cómo sabías dónde estaba? – ahora estaba más confuso que antes.
-            Te seguí – su sonrisa se desvaneció.
-            ¿Qué me seguiste? – todavía estaba incrédulo.
-            Estaba preocupada – se disculpó.
-            Pero… si te vi irte a casa.
-            Bueno, digamos que intuía que no te ibas a entrar en casa. Cuando di la vuelta y vi que empezabas a caminar me dispuse a seguirte.
-            Pero podría haber sido peligroso.
-            Podría, tú mismo lo has dicho.
-            Gracias por avisar a la poli.
-            No fue fácil convencerlos de que corrías peligro.
-            ¿Por qué?
-            Porque creían que les estaba gastando una broma pesada.
  Nos empezamos a reír los dos, pero paré cuando noté que cada carcajada me desgarraba el pecho.
-            ¿Cuánto tiempo llevo aquí? – le pregunté directamente a Silvia, con un gesto de dolor.
-          Llevas exactamente… catorce días – me contestó.
  Entonces me sobresalté y comprendí que no debí haberlo hecho al sentir un agudo dolor en el pecho.
-          Bueno Arturo, te dejo con el doctor. Luego te veo.
  Nada más irse Silvia, un hombre vestido con una bata blanca irrumpió en la habitación. Debía de ser el médico.
-          ¿Cómo estás? – dijo.
-          Bien, creo.
-          ¿Estás seguro?
  Y dicho esto, empezó a reconocerme y  a preguntarme si me dolía aquí o allá.
-          Parece que te tendrás que quedar  aquí unos días más.
-            ¿Qué? Estoy bien – el médico pareció ignorarme mientras intentaba ponerme en pie y soltaba pequeños gritos de dolor.
-          Como hagas eso te vamos a tener que retener un rato más – me advirtió.
  Dos días más tarde me dieron el alta y me dejaron salir del hospital.
  Al día siguiente, en el instituto, todos me hacían preguntas inútiles, que si estoy bien, que si puedo enseñarles la cicatriz del pecho… en fin. La verdad es que en el pecho me había quedado una cicatriz que me cruzaba desde donde empezaba el esternón hasta una de las costillas, de hecho, parecía una especie de media luna, pero en marrón oscuro.
  No he vuelto a tener esas pesadillas y ahora, puedo rehacer mi vida. También puedo dormir sin que a la mañana siguiente me encuentre alterado y sudoroso. Un alivio, la verdad.
  Ahora que lo pienso, la adivina se equivocaba, estoy vivo. No volveré a ir a ningún sitio a que me adivinen el futuro. Son una auténtica farsa, al menos para mí.   
  Bueno, a partir de ahí soy feliz, aunque no me he vuelto a acercar a aquél extraño barrio en el que me atacó ese lunático. Por cierto, el loco que me atacó ahora está condenado a quince años de cárcel por dos razones: por atacarme a mí y… bueno, no me acuerdo de la otra. En medio de la confusión no pude comprobar si tenía realmente la misma marca de nacimiento que yo, me temo que para comprobarlo tendré que volver a enfrentarme a mis miedos. Pero ésa será otra historia…